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jueves, 2 de junio de 2011
cinco segundos
No tengo posibilidad de salvarme. Cada vez escucho los pasos mas cerca. Tengo miedo, y mi corazón está por estallar; puedo sentirlo saltar sin tocarme el pecho. ¿Qué hago? Me va a encontrar, lo sé. Estoy segura. Y también que escondite más idiota y predecible me busqué; ¿Pero qué otro tenía? El placar, que solo con abrirse la puerta, la madera cruje como si la torturasen. Torturasen. A mí van a torturarme. Por ahí no me vean, e ignoren buscar debajo de una cama: pensarían que nadie tendría tan poca viveza de esconderse ahí. Cada vez estoy más nerviosa; tengo las manos húmedas, y mi respiración me ahoga. Se abre la puerta. Listo, estoy acabada. De esta no salgo, me voy a morir, me voy a morir. Intento hacer un esfuerzo para despertarme: esto tiene que ser un sueño, y en uno, no hay posibilidades de muerte. Ahora debería despertarme. Dale, despertate -me obligo- pero no me despierto. Nada de esto podría ser más real, y ellos no fueron tan ingeniosos de revisar primero el placar.
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martes, 31 de mayo de 2011
miércoles, 4 de mayo de 2011
escritos mal escritos
Llega de noche, con la cara congelada, no siente las manos. Llega y prende el calefactor, que siempre amaga a estallar, y ahora sí está llegando a su límite. Se prepara un café, le gusta amargo. Saca sus hojas amarillentas, viejas, las únicas que encuentra para variar. Piensa, piensa y el vapor del café le empaña los anteojos. Se esfuerza por imaginar algo y niega las constantes ideas de parejas felices, amigos enfrentados y todo tipo de caminos ya recorridos por cualquier escritor mediocre. Mira su casa, no piensa en nada, pero ya ni lo intenta. No está desordenada porque casi no hay espacio ocupado: una mesa en el centro, tres sillas, una heladera vieja, y con la puerta rota, y el mueble rayado. No está ubicado en el mejor ámbito para imaginar, pero vuelve a intentarlo. El café, frío, le pide una recalentada. Le da el gusto y piensa. Le pega fuerte a la mesa, la taza se vuelca y él rompe sus hojas: las escritas, y las otras dieciséis . Llora y grita, cansado de pensar, decide hacer las cosas sin usar tanto la cabeza. Tal vez fue lo primero que perdió.
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sábado, 23 de abril de 2011
placeres
Siempre las mismas historias de cafés, amores, y sexo. Tenía la cabeza manchada de cafeína, y asqueada de tanto romanticismo. Del sexo no se cansaba. Podía leer miles de obras -e incluso las leyó- pero nunca eran las suficientes. Jamás supo el porqué. Simplemente, sus cigarrillos tenían otro gusto, y sus Vodkas de medianoche, eran más fuertes. La conformaba sentir ese placer. El sexo no cansa.
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